Lo que durante años fue tratado como una distopía posible empieza a tomar forma de realidad concreta. El partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) arrasó en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt con un resultado que rozó el 44% de los votos, un dato que habría parecido inverosímil hace apenas una década y que hoy obliga a Europa a hacerse preguntas incómodas sobre la solidez de sus democracias liberales.

El resultado abre una puerta que el establishment político alemán ha intentado mantener cerrada a cal y canto: la posibilidad de que AfD forme gobierno. Para ello necesitaría alcanzar la mayoría absoluta de escaños o bien contar con el apoyo de la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), una formación que mezcla postulados de izquierda económica con posiciones soberanistas y críticas con el atlantismo. Si BSW supera el umbral del 5% que exige la ley electoral para entrar en el Parlamento regional, la aritmética podría volverse favorable a un gobierno que incluya o dependa de AfD.

El muro que se agrieta

Los grandes partidos alemanes —la CDU, el SPD y Los Verdes— han mantenido durante años un acuerdo tácito de no gobernar con AfD bajo ninguna circunstancia. Ese llamado «cortafuegos» ha sobrevivido pese al crecimiento electoral sostenido de la formación ultraderechista, pero un resultado como el de Sajonia-Anhalt pone a prueba su resistencia como nunca antes. La pregunta ya no es si AfD puede ganar elecciones, sino cuánto tiempo pueden los demás partidos ignorar la voluntad de casi la mitad del electorado de un estado federado.

Alemania no es un caso aislado. El ascenso de la ultraderecha en Francia, Italia, los Países Bajos o Hungría responde a una misma combinación de factores: desafección institucional, miedo a la migración, malestar económico y una sensación difusa de que las élites gobernantes han dejado de representar a amplias capas de la población. AfD ha sabido capitalizar esa frustración con una eficacia que sus adversarios aún no han conseguido neutralizar.

Una señal que Europa no puede ignorar

Para el proyecto europeo, el auge de AfD en uno de los estados más grandes e influyentes de la Unión tiene consecuencias que van más allá de la política interna alemana. Berlín ha sido históricamente el ancla institucional de la UE, el socio que junto a Francia ha sostenido el edificio comunitario en los momentos de mayor tensión. Un gobierno alemán debilitado por la presión ultra —o, en el peor escenario, condicionado por ella— alteraría el equilibrio de fuerzas en Bruselas de forma imprevisible.

El resultado de Sajonia-Anhalt es, ante todo, un síntoma. Indica que los discursos que apelan al orden, la identidad y el rechazo a lo que se percibe como cesión ante presiones externas siguen teniendo un mercado electoral enorme. Ignorarlo o reducirlo a un problema moral no ha funcionado. La respuesta, si es que existe, tendrá que ser política, no solo retórica.