Claves
- AfD gana en Sajonia-Anhalt y tiene opciones reales de gobernar un estado federado alemán
- Es la primera vez desde 1945 que la extrema derecha alemana accede al poder ejecutivo
- El 'cordón sanitario' de los partidos constitucionalistas alemanes queda bajo máxima presión
- Bruselas teme el efecto de arrastre sobre el equilibrio político europeo
Lo que durante meses fue una advertencia se ha convertido en una realidad que resuena en toda Europa: Alternativa para Alemania (AfD) ha ganado las elecciones en Sajonia-Anhalt, abriendo por primera vez desde el fin del nazismo la posibilidad real de que la extrema derecha alemana acceda al gobierno ejecutivo de un land. El resultado, recibido en Bruselas como un golpe de agua fría, marca un antes y un después en el mapa político del continente.
Hasta ahora, AfD había consolidado su presencia parlamentaria en varios parlamentos regionales y en el Bundestag, donde acumula un grupo numeroso de diputados. Pero la distinción que hace que este resultado sea cualitativamente distinto es que, por primera vez, la formación ultranacionalista tiene opciones reales de dejar de ser oposición para convertirse en fuerza de gobierno. La diferencia entre sentarse en el hemiciclo y sentarse en el consejo de ministros de un estado federado alemán no es menor: implica gestión presupuestaria, control policial, política educativa y administración directa.
El tabú del cordón sanitario, bajo presión
Los partidos mayoritarios alemanes —CDU/CSU, SPD, Verdes y FDP— han mantenido durante años lo que en Alemania se conoce informalmente como el Brandmauer, el muro cortafuegos: la negativa a pactar o gobernar con AfD bajo ninguna circunstancia. Ese compromiso, que ha sido hasta ahora la principal barrera frente a la normalización de la ultraderecha, se verá sometido a una tensión sin precedentes si los números en Sajonia-Anhalt no permiten formar gobierno sin contar con AfD o sin su abstención. Cuál será la respuesta de los partidos constitucionalistas alemanes determinará en gran medida la dirección que tome el resto del continente.
En Bruselas, la reacción ha sido de alarma contenida. Las instituciones europeas llevan años observando cómo partidos de ideología ultranacionalista y euroescéptica han ido conquistando posiciones de gobierno en Hungría, Italia, Finlandia o los Países Bajos. Pero Alemania tiene un peso específico —político, económico y simbólico— que ninguno de esos países posee. Una Alemania con participación de AfD en el ejecutivo de alguno de sus estados federados alteraría el equilibrio de fuerzas dentro del propio Consejo Europeo.
Una ideología que ya no está en los márgenes
El ascenso de AfD no puede leerse como un fenómeno aislado ni como una anomalía pasajera. La formación, fundada inicialmente como un partido euroescéptico de perfil económico, ha derivado hacia posiciones que incluyen la restricción radical de la inmigración, el cuestionamiento de las instituciones comunitarias y un discurso identitario que bebe directamente de la tradición völkisch de la derecha alemana de entreguerras. Que ese programa haya conseguido movilizar a una parte significativa del electorado en un estado alemán es un dato que los demócratas europeos no pueden seguir contextualizando como una protesta pasajera.
Los resultados de Sajonia-Anhalt son también un espejo de las grietas que el modelo socioeconómico alemán ha dejado en los territorios del este, donde la reunificación no trajo la convergencia prometida y donde la desafección hacia los grandes partidos lleva décadas arraigando. AfD ha sabido capitalizar esa frustración con un relato simple, identitario y anti-establishment que, en ausencia de alternativas creíbles desde el centro, ha llenado el vacío.
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