La extrema derecha alemana consolidó el domingo un resultado histórico en Sajonia-Anhalt: la AfD obtuvo el 43,8% de los votos, una cifra que la convierte en fuerza dominante de un estado federado alemán y que sacude el debate sobre el avance del populismo de ultraderecha en el corazón de Europa.

Más allá de la aritmética electoral, la victoria de la AfD en ese territorio concreto adquiere una dimensión simbólica que no puede pasarse por alto: Sajonia-Anhalt alberga Dessau, la ciudad donde la Bauhaus estableció su sede más icónica entre 1925 y 1932. El movimiento fundado por Walter Gropius fue mucho más que una escuela de arquitectura y diseño; fue una declaración de principios sobre la racionalidad, la universalidad y la libertad creativa que los nazis cerraron a la fuerza precisamente porque encarnaba valores incompatibles con el totalitarismo.

Una derrota simbólica para el proyecto moderno europeo

Que la ultraderecha más votada de Alemania en décadas se imponga con semejante margen en el mismo suelo donde nació uno de los proyectos culturales más influyentes del siglo XX tiene una carga irónica que no necesita adornos retóricos. La Bauhaus sobrevivió a los nazis gracias al exilio de sus maestros —Gropius, Mies van der Rohe, László Moholy-Nagy— y su legado terminó fertilizando el mundo desde Estados Unidos y otros países. La pregunta incómoda es qué instituciones, ideas o personas tendrán que marcharse hoy.

El resultado en Sajonia-Anhalt no es un accidente aislado: la AfD lleva meses consolidándose como primera o segunda fuerza en varios estados del este alemán, una región marcada por décadas de diferencias económicas respecto al oeste y por una desconfianza estructural hacia el establishment político de Berlín. Esos factores socioeconómicos explican parte del voto, pero no absuelven el contenido del programa ni el carácter de los líderes que lo encarnan.

Para quienes siguen la política europea con preocupación, el dato de Sajonia-Anhalt se suma a una tendencia que afecta a varios países del continente: la ultraderecha ya no es un fenómeno marginal ni de protesta; en algunos territorios, es la opción mayoritaria. Y eso, independientemente del análisis ideológico que cada uno haga, obliga a las fuerzas constitucionales y democráticas a una reflexión honesta sobre por qué millones de ciudadanos europeos siguen optando por este camino.