Los resultados de las pruebas PISA vuelven a encender las alarmas sobre el nivel educativo del alumnado español. Según los expertos consultados, el principal factor detrás del deterioro no es ni la inversión en infraestructuras ni el número de horas lectivas: es la progresiva pérdida del hábito lector entre niños y adolescentes, un fenómeno que se ha acelerado en la última década de la mano del consumo masivo de pantallas.

Las evaluaciones internacionales de la OCDE miden competencias que van mucho más allá de la ortografía o la gramática: incluyen la comprensión de textos complejos, la capacidad de inferencia y el pensamiento crítico. Precisamente esas habilidades son las que se construyen, de forma casi insustituible, a través de la lectura sostenida. Cuando esa práctica desaparece del tiempo libre de los jóvenes, el impacto se traslada directamente a los resultados académicos.

La pantalla como competidora del libro

Los especialistas describen lo que denominan la «embestida» de las pantallas: teléfonos móviles, plataformas de vídeo en streaming y redes sociales han colonizado el tiempo de ocio infantil y juvenil, desplazando actividades que antes contribuían al desarrollo cognitivo, entre ellas la lectura por placer. No se trata de un fenómeno exclusivamente español, pero en el caso de España el descenso en las competencias evaluadas por PISA refleja una curva especialmente pronunciada.

El debate sobre la presencia de dispositivos móviles en las aulas ha ganado intensidad en varios países europeos. Francia optó por prohibir el teléfono en los centros escolares para alumnos hasta los quince años, y el debate ha llegado también a España, aunque sin una respuesta coordinada ni homogénea entre comunidades autónomas. En Catalunya, la Generalitat ha avanzado medidas de restricción, aunque su aplicación efectiva ha sido desigual según los centros.

Desafección lectora: un problema que va más allá del aula

Los expertos insisten en que la desafección por la lectura no se resuelve únicamente desde la escuela. El entorno familiar juega un papel determinante: los hogares donde los adultos leen transmiten ese hábito a sus hijos con una eficacia que ningún programa curricular puede replicar del todo. La lectura ha pasado de ser una actividad cotidiana a convertirse, para muchos jóvenes, en una obligación escolar desconectada del placer o la curiosidad.

A ello se suma la transformación del propio ecosistema informativo y de entretenimiento. Los contenidos que consumen los adolescentes están diseñados para la inmediatez y la brevedad: vídeos de pocos segundos, titulares fragmentados, estímulos constantes. Ese patrón de consumo es incompatible con la concentración prolongada que exige la lectura de un texto de cierta profundidad, y esa brecha se amplía con cada generación que crece enteramente dentro de ese entorno digital.

Las pruebas PISA no miden solo el nivel de un alumno en un momento dado, sino la capacidad de un sistema educativo para preparar a sus estudiantes para el mundo laboral y social. El retroceso continuado en comprensión lectora es, en ese sentido, una señal de alerta que trasciende el debate pedagógico y apunta a un problema de fondo en la manera en que la sociedad española —y catalana— gestiona la infancia digital.