La tensión entre Estados Unidos e Irán dio un salto cualitativo este martes cuando Washington confirmó la destrucción de cinco petroleros iraníes en el golfo de Omán y en aguas próximas a la isla de Kharg, una operación presentada por el Pentágono como represalia directa ante un supuesto intento de Teherán de atacar un buque de guerra de la Armada estadounidense. La escalada, que lleva semanas acumulando episodios de hostilidades, alcanzó así uno de sus momentos más graves desde que el conflicto se recrudeció la semana pasada.

La respuesta iraní no tardó en llegar. Las autoridades de la República Islámica anunciaron el lanzamiento de misiles pesados contra una base militar estadounidense situada en Jordania, en un movimiento que arrastra a un tercer país al corazón de la confrontación y que complica enormemente la posición de Ammán, aliado tanto de Washington como de varios actores regionales. El ataque confirmó que Teherán no tiene intención de absorber los golpes estadounidenses sin respuesta proporcional, al menos en términos simbólicos y militares.

Un ciclo de represalias que no encuentra salida diplomática

El patrón que se repite en cada episodio de este conflicto es el mismo: una acción militar de una parte provoca una respuesta de la otra, y cada ronda eleva el umbral de lo que se considera tolerable. El hundimiento de cinco petroleros —activos económicos estratégicos para el régimen de los ayatolás— supone un daño material y político de primera magnitud para Irán, que depende de sus exportaciones de crudo para sostener una economía castigada por décadas de sanciones internacionales. Que Washington haya decidido golpear directamente esa infraestructura energética indica una voluntad de presión máxima sobre las finanzas del régimen.

Por su parte, el ataque con misiles sobre suelo jordano abre una nueva dimensión geográfica al conflicto. Jordania, que mantiene relaciones diplomáticas con Israel y alberga instalaciones militares estadounidenses en su territorio, queda expuesta como teatro secundario de una guerra que, hasta ahora, se libraba principalmente en el ámbito marítimo y a través de milicias proxy. El impacto real del ataque sobre la base, incluido el número de bajas o daños materiales, no había sido confirmado con precisión en el momento en que se conoció la noticia.

El golfo de Omán y el estrecho de Ormuz, por los que transita alrededor de un 20% del petróleo mundial, llevan meses siendo escenario de incidentes entre buques de ambas potencias. La destrucción de los cinco petroleros iraníes en esa zona no solo tiene consecuencias militares, sino que impacta directamente en los mercados energéticos globales y en el precio del crudo, con efectos que se dejarán sentir también en Europa y, por tanto, en España.