Donald Trump recibió a Vladímir Putin en Alaska con todos los honores protocolarios imaginables, incluida la alfombra roja reservada a los jefes de Estado que respetan el orden internacional. El detalle no es menor: sobre Putin pesa una orden de arresto del Tribunal Penal Internacional, y la imagen de esa bienvenida en Anchorage anticipaba ya el perfil de la mediación que Washington tenía en mente: una en la que Ucrania cedería el Donbás como precio de la paz.

Aquella cumbre de agosto generó un optimismo que se tradujo en negociaciones tripartitas en Ginebra, celebradas en febrero de este año. El resultado, sin embargo, fue un fracaso. Las conversaciones se rompieron sin acuerdo, dejando sobre la mesa la pregunta esencial que nadie en Washington ha respondido todavía con claridad: ¿puede ser mediador creíble quien llega al proceso con una posición de partida que ya favorece a una de las partes?

El coste de blanquear al agresor como palanca diplomática

La estrategia de Trump de tratar a Putin como un interlocutor legítimo —y no como el responsable de una guerra de agresión contra un Estado soberano— tiene una lógica transaccional comprensible desde cierta óptica realista: si quieres que alguien firme un acuerdo, no puedes empezar por humillarlo. El problema es que esa misma lógica, aplicada sin contrapesos, convierte la mediación en una presión encubierta sobre la víctima para que acepte las condiciones del agresor.

Pedir a Ucrania que renuncie al Donbás —territorios que Rusia ocupa por la fuerza desde 2014 y que anexionó formalmente, de manera ilegal, en 2022— no es una propuesta de paz neutral. Es la cristalización en papel diplomático de una conquista militar. Que Washington la presente como pragmatismo no la hace más aceptable para los ucranianos ni más legítima ante el derecho internacional.

La credibilidad mediadora se gana antes de sentarse a la mesa

Ningún proceso de mediación seria funciona cuando una de las partes percibe al mediador como parcial. Europa ha aprendido esa lección a golpes durante décadas de conflictos en los Balcanes y en el Cáucaso. EE.UU. la conoce bien en teoría —la practica con frecuencia cuando conviene— pero la gestión de Trump en este proceso sugiere que el objetivo prioritario no es una paz justa sino un acuerdo que pueda presentar como un éxito personal antes del próximo ciclo electoral.

Eso no significa que la implicación estadounidense sea inútil o prescindible. Sin Washington, ningún marco de seguridad para Ucrania tiene garantías reales: ni los compromisos de financiación militar se sostienen, ni las sanciones a Rusia mantienen la presión necesaria. El problema no es que EE.UU. medíe, sino cómo lo hace y qué está dispuesto a conceder en nombre de Kyiv antes de que Kyiv abra la boca.

Las negociaciones de Ginebra fracasaron, entre otras razones, precisamente porque Ucrania no estaba dispuesta a avalar como punto de partida lo que Trump y Putin habían prefigurado en Alaska. Si Washington quiere relanzar su papel mediador con alguna posibilidad de éxito, tendrá que empezar por demostrar que no llega a la mesa con el resultado ya negociado.