Claves
- Von der Leyen tardó cinco días en respaldar públicamente a España
- Marruecos utilizó la presión migratoria como instrumento de coerción política
- La desunión europea fue la primera respuesta a la crisis de Ceuta
- La política exterior comunitaria vuelve a mostrar su principal debilidad estructural
Cuando Marruecos orquestó la crisis de Ceuta, la primera reacción de la Unión Europea no fue la de un bloque cohesionado dispuesto a defender la integridad territorial de uno de sus Estados miembros. Fue, una vez más, el silencio y la fractura interna. Pedro Sánchez pidió desde el primer momento «solidaridad y empatía» a sus socios comunitarios, y durante cinco días recibió, en cambio, cuestionamientos, señalamientos e incluso presiones. Solo al cabo de ese tiempo Ursula von der Leyen ofreció respaldo público a Madrid.
La secuencia no es un detalle menor. Cinco días es tiempo suficiente para que un intento de desestabilización externo gane músculo, para que la narrativa del agresor se consolide y para que el Estado atacado quede expuesto ante su propia opinión pública. Que la presidenta de la Comisión Europea necesitara casi una semana para pronunciarse en defensa de la soberanía española sobre Ceuta revela una lentitud institucional que, en circunstancias de mayor urgencia, podría tener consecuencias mucho más graves que las puramente diplomáticas.
El error de cálculo que Bruselas no puede permitirse
El diagnóstico que se desprende de esta crisis es el de un error de cálculo estratégico por parte de la UE. Marruecos ha empleado de nuevo la presión migratoria como instrumento de negociación política, una táctica que no es nueva y cuyo éxito depende precisamente de la lentitud y la falta de unidad europea en la respuesta. Si Bruselas tarda días en reaccionar cada vez que un país tercero utiliza ese mecanismo de coerción, el incentivo para repetirlo no hace sino crecer.
La posición de España durante la crisis también merece una lectura sin condescendencia. Sánchez ha reclamado solidaridad europea al tiempo que mantiene una política de relación con Rabat que, en distintos momentos, ha generado tensiones con sus propios socios del Sahel y con sectores del arco parlamentario español. La gestión de la frontera sur no puede reducirse a pedir apoyo comunitario cuando el termómetro sube: requiere una estrategia consistente que no fluctúe en función de la coyuntura bilateral con Marruecos.
Lo que la crisis de Ceuta ha vuelto a poner de manifiesto es que la política exterior y de seguridad de la Unión Europea sigue siendo su flanco más débil. Cuando un actor externo decide tensar la cuerda, el primer reflejo comunitario es la parálisis, no la acción conjunta. Y esa parálisis, aunque finalmente resuelta con el respaldo de Von der Leyen, tiene un coste político real para el Estado miembro que queda expuesto durante el intervalo.
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