Catalunya se adentra en la mayor transferencia generacional de riqueza empresarial de las últimas décadas sin haber resuelto los deberes básicos del relevo. La generación de emprendedores nacida durante el baby boom está llegando a la jubilación, y el tejido productivo catalán —construido mayoritariamente sobre el modelo de empresa familiar— afronta una transición que los expertos cifran en una ola que se extenderá durante los próximos diez años aproximadamente.

Las cifras ilustran la magnitud del desafío. Según un estudio publicado en junio por la Associació Catalana de l'Empresa Familiar (ASCEF), las compañías familiares representan el 92,3% del total de empresas en Catalunya, generan el 76,9% del empleo privado y aportan el 70,3% del valor añadido bruto. Un peso económico colosal que queda en manos de una estructura de propiedad especialmente vulnerable a los conflictos internos y a la falta de planificación sucesoria.

Pastas Gallo: el coste de una sucesión fallida

El caso más emblemático de los últimos años es el de Pastas Gallo, fundada en Rubí en 1946 por José Espona. Las desavenencias entre sus cinco hijos —todos herederos de la compañía— acabaron forzando la venta de la participación mayoritaria en 2019 al fondo madrileño de capital riesgo Proa Capital. Aunque tres de los hermanos regresaron posteriormente al accionariado, lo hicieron con una presencia muy inferior a la original. Las consecuencias no tardaron en llegar: la producción de pasta seca se desplazó de Granollers a Córdoba dos años después de la operación, y en los dos últimos ejercicios con datos disponibles la empresa registró pérdidas superiores a seis millones de euros, si bien con el condicionante de inversiones acometidas por encima de los 50 millones.

Para Oriol Amat, catedrático de la Universitat Pompeu Fabra y uno de los académicos que más ha estudiado la empresa familiar en Catalunya, el relevo es el momento de mayor riesgo en el ciclo vital de una compañía de este tipo. Una empresa que funcione bien puede hundirse si la transición se gestiona mal, advierte.

Solo un tercio tiene estructuras formales de gobernanza

Un estudio de la UPF Barcelona School of Management basado en encuestas a cerca de 130 sociedades, en su mayoría con sede en Catalunya, pone números a ese déficit. Únicamente una tercera parte de las empresas familiares analizadas tiene implantadas las prácticas formales de gobernanza consideradas necesarias para alcanzar un nivel suficiente de profesionalización. Y el concepto de profesionalización va más allá de incorporar directivos externos o modernizar la gestión: incluye la creación de estructuras y mecanismos formales de gobierno y planificación que articulen la toma de decisiones con independencia de las tensiones familiares.

Los datos de ASCEF completan el cuadro: más de la mitad de los empresarios catalanes tiene más de 60 años y, lo que resulta especialmente llamativo, seis de cada diez empresas familiares todavía no han completado ningún relevo generacional. Eso significa que, cuando llegue el momento, lo harán sin experiencia previa y, en muchos casos, sin los instrumentos necesarios para garantizar una transición ordenada.