Suecia se encamina hacia un vuelco político sin precedentes en su historia reciente. Los Demócratas de Suecia (SD, por sus siglas en sueco), partido de ultraderecha históricamente excluido de cualquier fórmula de gobierno, tienen esta vez más opciones que nunca de acceder al ejecutivo, después de que todas las formaciones del bloque de derechas del país hayan abandonado el rechazo explícito a gobernar junto a ellos.

El llamado cordón sanitario, esa barrera tácita que durante décadas aisló a los partidos de extrema derecha de la responsabilidad gubernamental, ha quedado definitivamente roto en Suecia. No es un proceso espontáneo: responde a años de crecimiento electoral sostenido del SD, que ha pasado de ser una fuerza marginal a convertirse en uno de los partidos más votados del país, lo que ha erosionado la voluntad y la coherencia de sus rivales de derechas para mantener ese veto.

Un patrón que se repite por toda Europa

El caso sueco no es una excepción, sino la confirmación de una tendencia que recorre el continente. Italia, Finlandia, los Países Bajos o Austria ya han transitado por caminos similares, con partidos de ultraderecha que en poco tiempo han pasado de la marginalidad a ocupar carteras ministeriales o, directamente, la jefatura del gobierno. En cada caso, el detonante ha sido parecido: un crecimiento electoral que hacía matemáticamente imposible formar mayorías sin contar con ellos, combinado con la decisión de los partidos de centroderecha de priorizar la aritmética parlamentaria sobre el veto ideológico.

Las elecciones parlamentarias suecas de este domingo serán la prueba definitiva. Si el bloque de derechas obtiene suficiente respaldo, los SD podrían participar por primera vez en un gobierno de coalición, lo que marcaría un antes y un después en la política escandinava, una región que había resistido más tiempo que el resto de Europa a esta dinámica.

Los Demócratas de Suecia tienen sus raíces en movimientos de extrema derecha de los años ochenta y noventa, aunque sus dirigentes llevan años esforzándose por proyectar una imagen más moderada y presentable para el electorado de centro. Esa estrategia de normalización ha resultado eficaz: lo que antes era motivo de exclusión automática ha dejado de serlo para sus potenciales socios de gobierno.