Vladímir Putin pisó este jueves por primera vez las islas Kuriles, el archipiélago del Pacífico que Rusia administra desde el final de la Segunda Guerra Mundial pero que Japón reclama como propio desde hace más de ochenta años. La visita, no anunciada previamente, fue recibida en Tokio como una provocación deliberada.

La primera ministra nipona, Sanae Takaichi, no tardó en pronunciarse con una dureza inusual en el lenguaje diplomático: calificó el desplazamiento de Putin de «absolutamente inaceptable» y aseguró que el gesto «hiere los sentimientos del pueblo japonés». Como respuesta inmediata, el ministro de Exteriores japonés convocó al embajador ruso en Tokio para trasladarle una protesta formal.

Un conflicto territorial sin resolver desde 1945

Las islas Kuriles —conocidas en Japón como los Territorios del Norte— fueron ocupadas por la Unión Soviética en los últimos días de la guerra, en agosto de 1945. Desde entonces, la disputa ha impedido que Japón y Rusia firmen un tratado de paz formal, lo que convierte a ambos países en beligerantes en términos jurídicos estrictos, pese a las décadas de relaciones comerciales y diplomáticas que se han desarrollado en paralelo.

A lo largo de los años se han celebrado varias rondas de negociación, algunas con cierto optimismo inicial, pero ninguna ha logrado desbloquear el fondo del asunto: la soberanía sobre las cuatro islas principales del extremo sur del archipiélago. La visita de Putin, precisamente en este momento de tensión global sostenida, difícilmente puede leerse como un gesto conciliador.

El momento político de la visita añade carga simbólica

El hecho de que Putin eligiera este jueves para su primer desplazamiento personal a las islas no es un detalle menor. Rusia lleva años invirtiendo en infraestructuras militares y civiles en el archipiélago, y Moscú ha reiterado en múltiples ocasiones que su soberanía sobre el territorio no es negociable. La visita presidencial en persona eleva esa posición al más alto nivel simbólico posible, y llega en un contexto en el que Japón ha reforzado sus lazos de seguridad con Estados Unidos y sus aliados ante la escalada de tensión en el Indo-Pacífico.

Para Tokio, la imagen de Putin en las Kuriles tiene una carga emotiva y política que va más allá de la disputa territorial en sí: es también una señal de que Moscú no contempla ninguna apertura en este frente mientras persista el aislamiento diplomático ruso derivado de la guerra en Ucrania.