Donald Trump ha firmado una orden ejecutiva que suspende indefinidamente el último paquete de sanciones contra Rusia, aprobado por el Congreso estadounidense hace apenas un mes y que estaba a punto de entrar en vigor. La Casa Blanca ha justificado la decisión alegando que responde al «interés nacional» del país, sin concretar plazos ni condiciones para su eventual reactivación.

Las sanciones paralizadas formaban parte de la denominada Ley Graham —promulgada por iniciativa del senador republicano fallecido del mismo nombre y elogiada en su momento por el propio Trump—, aprobada con respaldo bipartidista a mediados de septiembre. Su objetivo era incrementar la presión económica sobre Moscú mediante medidas dirigidas a los principales compradores de petróleo y gas rusos, e incluía la posibilidad de imponer aranceles a terceros países como China e India que adquieran energía del Kremlin.

Un giro hacia Moscú que se consolida

La suspensión no es un hecho aislado. En las semanas previas, Washington ya había alcanzado un acuerdo para importar diésel ruso pese a las restricciones vigentes, una medida que anticipaba este cambio de orientación. El conjunto de decisiones representa un reequilibrio de la política exterior estadounidense respecto al conflicto en Ucrania: menor presión sobre Rusia y mayor distancia respecto a Kiev.

Trump ha intensificado su crítica pública al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, al que ha tildado en las últimas horas de «no ser un buen tipo» para negociar con la Casa Blanca. El mandatario estadounidense ha añadido que, si finalmente se alcanza algún acuerdo de paz, «no será con él», a quien reprocha no haber querido «nunca» llegar a un entendimiento. Estas declaraciones fueron recibidas con satisfacción por parte del Kremlin.

La orden ejecutiva estipula que las sanciones permanecerán en suspenso «hasta nuevo aviso», lo que otorga a la administración Trump plena discrecionalidad sobre su eventual aplicación futura, sin que el Congreso pueda forzar plazos.